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domingo, 27 de marzo de 2011

El desconocido




Aquella mañana Joaquín Romero de 24 años se despertó. Se puso las zapatillas y fue a la cocina. Hirvió agua para hacerse un té negro y se lo bebió mientras pensaba en lo que haría ese día. Al volver a la habitación súbitamente retrocedió tres pasos a toda prisa. Se quedó inmóvil, con la espalda apoyada en la pared, con el corazón latiéndole en los ojos y sin respiración. Había alguien en su cama.


Joaquín vivía sólo y, aparte de él, sólo la portera tenía las llaves de su piso. Aún siendo la única opción, Joaquín estaba seguro de que la anciana señora María, a la que saludaba educadamente cada mañana, no era la persona que, en aquellos momentos, dormía en su cama.


A pesar del terror que le inspiraba, había algo en el bulto que respiraba bajo sus mantas que le resultaba extrañamente familiar. Poco a poco se fue acercando a su propia cama. El extraño se había dormido con las mantas sobre la cara, tal vez para protegerse de la claridad. Joaquín acercó la mano lentamente a la manta. Tiró bruscamente de ella y descubrió el rostro del desconocido.


Rápidamente apartó la mano de la manta como si quemase. Joaquín Romero, de 24 años, con todo el cuerpo agarrotado y la mano derecha sobre el pecho vomitó violéntame sobre el suelo. Jadeando, permaneció por unos instantes con la mirada clavada en el charco translúcido de líquido parduzco.


El desconocido era él mismo.

domingo, 22 de agosto de 2010

Historia de una adicción


Todo ocurrió dentro de nuestra cabeza, sí: de la mía, de la tuya y de la de cualquiera.

La historia tiene un amargo principio: el dolor.
Lo sentimos impactar y rodar por nuestra mente como una bola de plomo. Y cuantas más vueltas le daba la mente, más deseábamos evitar su efecto y lentamente como un veneno silencioso el miedo nos caló hasta los huesos. Sin que nos enterásemos siquiera, empezó a habitar nuestra mente y como uno de esos ancianos que acumulan basura en sus casas, el miedo, empezó a llenarla de cosas, cosas a las que agarrarnos, con las que protegernos...

Para cuando nos dimos cuenta encontramos una mente esclavizada e inmersa en la construcción de la fortaleza perfecta. Un gigantesco y lúgubre castillo enfermo de miedo en un estado de perpetua y frenética construcción.

En el ambiente se respiraba un aroma turbio que, inevitablemente desprendía esa construcción eternamente inacabada, eternamente ansiosa y por siempre insatisfecha. Un desagradable olor al que malamente se calmaba con la esperanza de la culminación de un edificio constitutivamente inacabado.

De pronto aparece algo, o alguien, que se nos presenta como aquello que nos hacía falta, aquello que siempre habíamos estado buscando. El antídoto a nuestro miedo, la promesa de la eterna protección, la ansiada completud. Aparece algo que nos extasía, nos embriaga, nos inunda y nos maravilla.

Y ya no podemos vivir sin eso.



El problema es que la historia no termina aquí.

Llega un punto en que nuestra droga perfecta desaparece o, pasada la primera euforia, deja de hacernos efecto.

En ambos casos la historia termina como empezó. No es un desenlace casual:


"Todas las adicciones empiezan con dolor y terminan con dolor."


Todas ellas nacen a partir de "una negativa inconsciente a encarar y traspasar el propio dolor." Ocurre que, tarde o temprano, aquello que habíamos tapado con nuestra droga particular, reaparece con más fuerza que antes. El error está en pensar que lo que va a calmar nuestra angustia es algo o alguien externo, algo que no seamos nosotros mismos.


Solo uno mismo puede salvarse.


Esta frase implica dos cosas:

La primera, que el indicado es necesariamente uno mismo.

La segunda, que puede hacerlo.






Inspiración y citas obtenidas de El poder del ahora, Eckhart Tolle.