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martes, 30 de junio de 2015

Vulnerable a los vértices

Vulnerable a los vértices,
dormí las esquinas de los días,
caminé sobre el círculo suave
y le puse el nombre de Casa

Heríame, sin embargo, en mi guarida
El recuerdo del filo de las dagas,
de la punta afilada de las flechas,
haciéndome dudar de pronto,
de que aquellos vértices,
estuvieran fuera.

jueves, 2 de abril de 2015

Nudo blanco


    
  Sentada frente al teclado del ordenador, con un nudo en el pecho, pensaba en cómo deshacerlo; en cómo rescatar algo de aquellas ideas deshechas y entretejidas en los hilos del tiempo blanco. Se trataba de una tarea compleja pues parecía imposible distinguir el principio o el final del hilo firme y pálido que apretaba aquella bola enmarañada. Por si fuera poco, tenía la impresión de cuanto más pensaba en cómo deshacerlo, más se comprimía. A menudo, esa opresión en el pecho le hacía abandonar cualquier intento de expresión, cualquier intento de huida, igual que la mano se aparta de las llamas en cuanto siente que la queman.

Se encontraba en un punto sostenido en el vacío, en un silencio, en una falta se sí misma pues cada una de sus ideas era atrapada y absorbida por el nudo. El tiempo era un minuto ocioso eternamente prolongado. El suelo, de cal y cansancio, la atraía con su magnetismo opaco cada vez que había logrado levantarse y hacía que sus piernas temblaran. Una vez en el suelo, se dejaba absorber. La rendición total. Huesos sin resistencia. Entonces experimentaba un placer vago y difuminado, como un pañuelo impregnado en cloroformo, que era seguido por una melancolía igual de difusa e inasible y de principio y fin desconocido.

“Habla de cosas concretas”, pensó. “Habla de un carrete de hilo rojo como la sangre, de una caja de cerillas vieja con los bordes totalmente desgastados, de un gatito negro asomado a la puerta, con sus ojos amarillos y fijos”. “Usa verbos”, pensó, “Nadie quiere dormirse en una página de adjetivos sobre tu incapacidad de escribir“. Alguien tiró del hiló y el carrete rojo se desenrolló bruscamente como el galope de un caballo y de la caja de cerillas vieja cayeron fósforos consumidos de frágiles cabezas negras. El gatito temeroso se escondió tras la puerta y la dejó sola con su silencio.

domingo, 10 de agosto de 2014

El indiferente




Y de los defectos,
Que fueran estorbo,
Hicimos camino escarpado,
Que araña los pies
Y acaricia el alma

Nosotros, los sensibles 
nos cambiamos los ojos.
Afinamos los oídos
a los ruidos roncos
A la voz de la tierra embarrada
Sustento de todas las flores
Y escuchamos que dice:

Feo eres tú, el indiferente
que no te atreves a mirarme a la cara.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Romper





Se tensó el instante en la cuerda de lo roto.
La ausencia de la copa en el hueco de mi mano
parece estar aún llena de cálido licor,
Parece que aún pudiese notar el tacto del fino cristal
Con solo cerrar un poco la mano
Aunque sé que, de hacerlo, no encontraría nada.

En el suelo el líquido ámbar baña los cristales:
Es un charco,
No es más que un charco,
Ya no es más que un charco.

Sería necio agacharse a beber de él,
Nos llenaríamos la boca de azúcar y cristales.
¿Para qué permanecer entonces lamentándonos?
¡Acabemos ya con esto!

Sin embargo, que extraño resulta recoger los trozos,
pasar la fregona, seguir adelante...

Qué incomprensible resulta
que todo continúe
después del final

.

sábado, 5 de enero de 2013

Allí, en el nido



Allí, en el nido
Se escribe el crujir de las cáscaras
Se asoman vidas pequeñas
Llenas de sangre caliente
Envueltas en plumas impolutas
Negras como una sombra

Allí, en el nido
El calor se afila en picos diminutos
Que se abren como tijeras ansiosas
Que han venido a gritar
A reclamar el todo para sí,
Que recién han roto,
Con un chirrido rojo

Allí, en el nido
Les he visto romper las cáscaras de otros
Calmar la sed con su clara
Y me he quedado muda.

sábado, 11 de agosto de 2012

La inercia, el silencio y los muertos que escriben


"Manos dibujando",   M.C. Escher
Pienso en la inercia. La inercia no arrastra la pluma sobre el papel. La mano del inerte se abre flácida y la pluma rueda tras un golpe sordo por el papel. Es posible que con el choque parte de la tinta se derrame sobre la hoja formando charcos azules que es posible que mojen la mano pero no le harán sentir la humedad ni el frío.

Si se pudiese escribir desde la inercia, ¿qué escribirían las manos de los muertos? Me imagino manos asomando de la negra tierra de un cementerio inmóviles esperando sin esperar un lápiz o una pluma. Digo esperando sin esperar porque viven sin tiempo, en la eternidad de la inacción ¿ qué puede importarles que sea hoy, dentro de un año o de 4 siglos? Tarde o temprano alguien les acercará una pluma y ellas las asirán, repentinamente, como las plantas carnívoras cuando, tras la paciente espera, se cierran para atrapar un insecto.

¿Qué escribirían entonces las manos de los muertos? Tal vez escribirían un punto; un punto y final. Permanecerían con la pluma clavada sobre el papel y el punto se iría haciendo más y más grande hasta que la tinta cubriese todo el papel. O tal vez no. Yo me imagino que dibujarían una línea recta horizontal:

________________________________________________________________________


Es la viva imagen de la inercia: plana, infinitamente tumbada, sin cambios ni sobresaltos. Recuerda al diagrama que aparece en las pantallas de los aparatos de los hospitales que registran las constantes vitales.
De todas formas, volviendo a la realidad, si es que alguna vez hemos estado: lo inerte no escribe. La inercia es el camino al silencio y a la quietud indiferente. Muy diferente del mutismo, por cierto. Todo mutismo es silencio, pero no todo silencio es mutismo.

El mutismo es siempre voluntario o impuesto. Uno puede envolver su frustración, su rabia o incluso su ira en mutismo. El silencio se convierte en estos casos en algo cargado y que podría dispararse en cualquier momento. Este tipo de silencio puede ser muy hiriente, y lo curioso es que lo es por su mera potencialidad, no es necesario que llegue a disparar para intimidar al contrincante. El otro habla y lo acusa a uno, uno permanece callado, el otro se agita y remarca su posición con más fuerza. Pero poco a poco, nadie sabe cómo, el otro empieza a justificar los motivos de su acusación, es decir harto de tu silencio empieza a imaginar lo que podrías decirle y lo que probablemente estás pensando. Y son los ataques imaginarios del otro los que lo derrotan sin que tú tengas que hacer nada. Nadie mejor que el otro para descubrir su propio talón de Aquiles.

El silencio no se puede rebatir: no dice nada, pero podría decirlo todo. Pertenece que al orden de lo infinito, es el ser en potencia. El que calla no se pronuncia, no se moja ni se ensucia. Las palabras se construyen a partir de cortar, de delimitar; el silencio puede inundarlo todo. Es el as en la manga que no se digna a descubrirse. El misterio de lo inexpresado y de lo inexpresable. Sobra decir que utilizar algo tan bello y poderoso como el silencio en una trivial lucha de egos, aunque efectivo, es algo bastante poco noble. En cualquier caso la persona que decide, consciente o inconscientemente, permanecer callada no siempre se sale con la suya. Es una táctica particularmente inútil contra una persona muy segura de sí misma y de lo que dice, y particularmente efectivo con personas inseguras, dubitativas o particularmente empeñadas en ponerse en la piel del otro y llegar a un entendimiento.

Pero bueno, basta ya de detalles que esto empieza a parecer una especie de guía de manipulación, cosa que difícilmente sería capaz de hacer y sobretodo no es lo que pretendo. La verdad es que no se cual es mi pretensión, todo empezó con manos de muertos que escribían y acabó en el uso táctico del silencio. Tampoco es cuestión de criminalizar al silencioso, a veces simplemente es alguien que no sabe qué decir, que está cansado, piensa que no será escuchado o entendido o muchas otras posibilidades.  

lunes, 28 de mayo de 2012

Crisálida

Foto: Sasanba











 I.


Mis manos reviven recuerdos de cuerpos,
como en un desfile de calor sin piedad
que traiciona incesante,
La intimidad del desnudo del otro

Vértigo temeroso que se escurre entre mis dedos
Atrapo cuerpos, pierdo cuerpos
¿A dónde va cada mundo,
de gemidos, sus susurros y risas cómplices,
Hecho de mí y un tú?
¿A dónde va lo cercano cuando se aleja?

Mis manos tiemblan y se vuelven hacia dentro
¿Qué estoy haciendo?
¿Acaso hay algo que se está gastando en mi interior
cómo la  caricia que se agota en su repetición?
¿Acaso el frío del mundo me ha convertido ya en un insecto?
La piel se cansa, se irrita
Pero al despertar del sueño
Buscara de nuevo el calor
De la mano que primero calma 
y después hiere.



 II.

Me refugio en la crisálida
Me basta la tibieza
Me basta mi propio calor
Complacida veo mis heridas cerrarse
Y es suficiente

Me vuelvo sobre mí misma
observo un vano esfuerzo
por evitar la terca rueda de los amantes

Vana resistencia,
pues se que tarde o temprano
volverá a atraparme
la seducción de la intensidad.

lunes, 16 de abril de 2012

Sinrazón
















Puede que no tenga la razón, pero tengo la sinrazón
Yo, que como todos los malditos,
Sufro sed de infinito
Y hambre de intensidad
Yo, que he entregado enteramente mi piel a tus manos, te ruego:
Atrápame
Acaríciame
Arráncame
Aráñame
Róbame
Ríeme
Rómpeme
Pero por favor, ten piedad y no me ofrezcas el pan de mañana
Prefiero que ahora mismo me tires,
casi con rabia y desdén,
una piedra
Y morderla en la noche, aún cubierta de tierra
Para consolarme con su gusto agrio
Y mañana, ¿a quién le importa mañana?
No será a mí a quién le consuele
Yo, que salto para saltar
Que tiemblo para temblar
Que grito para gritar
Escucha mi grito:
Es un grito torcido que baila torpe en la oscuridad.
Oye cómo reclama el fuego que le ha sido robado
y cómo, nostálgico de su brillo,
se desliza en las sombras
para hundir su hocico ansioso
en la más negra oscuridad.
Puede que parezca engreída
Puede que sea insignificante
Pero por favor, mientras dure mi efímero aliento:
No me lo recuerdes
Puede que no tenga la razón, pero sé que tengo la sinrazón
Y tú, si tienes el valor, también lo sabes.

sábado, 24 de marzo de 2012

Tigres con las uñas gastadas


Calan profundamente sus garras en la arena. Esto provoca una lenta y constante erosión. Las zarpas de estos fieros animales quedan entonces inútiles para la batalla, y lejos de desgarrar, se deslizan suavemente por el pelaje de sus congéneres en forma de una suave caricia.

Este tipo de pacto ritual, propio de este tipo de tigres, tiene lugar raramente y constituye un espectáculo digno de ver. Comienzan buscando el territorio conveniente; La manada recorre la costa durante horas hasta encontrar la playa adecuada para el rito: Ha de ser extensa, tranquila y de aguas plateadas. Sin embargo, lo primordial del territorio es la arena. Los sensibles hocicos de estos animales de gran cabeza escarban sin descanso buscando la arena propicia: ni demasiado gruesa ni muy fina, ni demasiado seca ni empapada, ni demasiado silícea ni excesivamente caliza.

Una vez que ha escogido el lugar, la manada se reúne y el rito comienza. Diríase que se trata de una especie de tregua. Los fieros animales se quedan indefensos con las uñas limadas. Pero si cabe lo más sobrecogedor es lo que sucede a continuación: Unos con otros frotan sus cabezas contra los lomos y los lomos contra las cabezas y por un instante parecen gatos gigantes y mimosos. Se lamen las pequeñas y pardas orejas e incluso se acarician torpemente con las pesadas zarpas.


Foto: Francisco Armada

(Fuente: http://www.panoramio.com/photo/22382610)

domingo, 13 de noviembre de 2011

Sangre entre las hojas


El caminante se interna en el bosque. Avanza entre la espesura de los árboles. Huele a tierra, a musgo y a hojas mojadas. El caminante se detiene y mira el suelo. Un líquido rojo, caliente, se escurre entre las hojas, moja las suelas de sus zapatos. A escasos metros, tendido, yace un cuerpo de ciervo sin vida. A su alrededor el bosque calla, inundado en su silencio. Un silencio cubierto de diminutos crujidos, del susurro del viento, del sonido de pájaros cuyo canto llega diluido por la distancia.

-¡Qué curioso espectáculo!- exclama el caminante mirándote a los ojos- en esta tierra de nadie, incluso la muerte es bella. Este joven animal herido… ¡parece que aún fuese a respirar! Sin embargo, la brisa es ligera, carente de drama. Sus ojos negros y resbaladizos serán dulcemente absorbidos por la tierra. El tiempo que reina aquí es bien diferente al que he observado en las ciudades.

Los árboles no saben de tristeza.
Sobre sus troncos podridos,
crecen tiernos brotes.

domingo, 2 de octubre de 2011

Ciutadella nocturna


Era de noche y ella se sentó a escuchar en el banco de un parque. Sóla. Como un ave nocturna. Sus oídos eran el manto de arena que cubría el suelo. El crujido rítmico de las pisadas de los corredores le daba paz. Crujidos que se mezclaban con otros más irregulares: a veces intensos y arrastrados, a veces cortos y violentos. Dibujaban en su cabeza ideogramas fugaces, informes.

Las farolas desnudas de sombra dibujaban un halo amarillento en la arena. Todas en fila, sin moverse.

Mientras, los árboles se miraban las flores sin decir nada, conforme a su naturaleza de vida inmóvil.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Una mano sobre el agua



Se veía a sí mismo sentado con ellos. Estaban sentados en círculo, unidos por un reconfortante magnetismo de grupo. ¡Cuanto le alegraba que hubieran venido todos puntuales y dispuestos! Su voz había conseguido transmitirles la importancia de aquel acto. La arena del parque estaba fría, pues ya eran más de las ocho, pero la euforia le convertía en impermeable al frío. Levantó la cabeza y abrió levemente la boca, a punto de empezar a hablar, lentamente, cómo si fueran a salir de sus pulmones las notas más graves. Palabras que, más que palabras fueran los frutos de la vibración más profunda de la tierra.

No obstante: se detuvo.

Ningún sonido, ninguna palabra.

Miró a su alrededor: No había nadie. Nunca había habido nadie.

Nadie había llegado ni se había sentado con él siguiendo ninguna forma circular. Él siempre había estado sólo. Sus palabras no habían suscitado ningún tipo de magnetismo en ellos, ni tan siquiera habían vuelto la cabeza para prestarle atención. Tal vez debido a su carácter débil y tembloroso, tal vez porque nunca había llegado a decir nada.

De hecho: no había dicho nada.

Había hecho el ademán, igual que hace unos momentos, sin llegar a decir nada. Cierto es que había pensado en hacerlo, en cada palabra exacta que utilizaría. Había imaginado cómo todos reaccionarían impresionados, transformándose de pronto en personajes misteriosos, enigmáticos, capaces de aparecer silenciosamente, en el momento justo, sobre la arena fría.

Cierto es que lo había pensado, pero en el momento justo de llevarlo a cabo se había detenido, como quien detiene la mano sobre la superficie del lago. A punto de rozar el agua pero sin mojarse. Sin humedecer si quiera las puntas de los dedos.

viernes, 20 de mayo de 2011

La danza blanca y el cielo negro



Observaba, con los dientes afilados y ávidos, la nocturnidad de la calle: El silencio, la luz blanca de las farolas y el dibujo rugoso de los árboles deformes. La intimidad que se filtraba por las ventanas de los edificios, desbordaba su calidez hasta tocar con mi cuerpo que era, por esas horas, nada más que un frío espectro.

Hervía la sangre mis ojos de insecto. Yo era un extraño ser de piel dura, impermeable a la condensación de los espejos de los baños, al irritante y preciso timbre de los despertadores, al ritmo de las conversaciones banales o a la melodía de cualquier acto cotidiano. La calidez de lo que sucedía allí arriba hacía aún más sórdido el espectáculo que estaba a punto de comenzar abajo.

Trigo me miraba con sus ojos opacos y negros sentado sobre la acera. Interrumpiendo el habitual camino de vuelta a casa, lo había atado a una farola y me había quedado a su lado de pié, inmóvil. Al principio había arrugado varias veces el dorado pelo de encima de los ojos en señal de desconcierto, pero este gesto pronto se había disuelto en un lánguido bostezo. Curiosas almas las de los perros, pensé. Mientras Trigo, probablemente no pensaba nada.

La densidad metálica de aquel instante no pesaba sobre su mirada hueca. Sin embargo, ahora había avanzado lentamente dos pasos hacia la carretera, y la euforia me recorría como una ducha de hilos fríos y afilados. Ahora me sentía como un imán hacia en cual apuntaban todas las cosas, e incluso Trigo me observaba fijamente.
Desaté el placer anudado en los cordones de mis zapatillas de deporte, que cayeron blandamente. Después arrojé con ímpetu los tenis hacia atrás y contagiándome de esa energía me desprendí también de los calcetines.

Mis pies desnudos se me hacían extraños. Delicados fantasmas, sensibles y blancos sobre el asfalto oscuro y grasiento. La carretera se extendía bajo mis pies, como una gran masa negra recalentada, barnizada por la humedad de la brisa nocturna.
Mis pasos se deleitaban por el terreno peligroso, cada vez más rápidos pero sin perder el tono, sin perder un milímetro de la atención en cada uno. Era mi danza blanca en la noche, a cada paso mis pies besaban el turbio suelo, manchándose de la amalgama pringosa de mugre, aceite de coche y petróleo derretido. Empapándose de la ciudad misma,

Mi blanco cuerpo se desfiguraba en aquel sórdido baile agitando mi espíritu como luchando por romper la negra piedra que pesaba dentro. Los golpes de la piedra en mi pálido cuerpo y la imagen de Trigo, con su ingenua alma animal, alzando su cabeza sobre la ciudad inerte, me hicieron sentir por un momento, el equilibrio de todas las cosas.

sábado, 16 de abril de 2011

Blanco, suave, febril, crudo...



Una habitación a oscuras, inundada en sombra. Alguien o algo se remueve, un ser. Se le escucha respirar el aire negro, agitarse con movimientos invisibles. Grita de hambre. Palabras informes reverberan en su estómago vacío. Vocablos deformados, incomprensibles.

La luz se enciende. Los gritos cesan. Una luz amarillenta y tenue baña la habitación. Todo está desordenado y roto. Una mesilla de noche, tirada por el suelo vomita sus cajones. Pegado a la pared hay un espejo sucio y con grietas. La estantería tiene varias de sus baldas rota. Libros destrozados escupen sus páginas sobre el suelo negro y frío. Al fondo, una cama deshecha.

El ser está junto a la puerta. La puerta está llena de arañazos y marcas de golpes. El ser respira encogido sobre el suelo. Resulta difícil determinar su naturaleza. Su cuerpo es menudo, blanco, suave; humano. Sus ojos negros, cargados de un ansia febril reflejan un espíritu crudo; animal.

domingo, 27 de marzo de 2011

El desconocido




Aquella mañana Joaquín Romero de 24 años se despertó. Se puso las zapatillas y fue a la cocina. Hirvió agua para hacerse un té negro y se lo bebió mientras pensaba en lo que haría ese día. Al volver a la habitación súbitamente retrocedió tres pasos a toda prisa. Se quedó inmóvil, con la espalda apoyada en la pared, con el corazón latiéndole en los ojos y sin respiración. Había alguien en su cama.


Joaquín vivía sólo y, aparte de él, sólo la portera tenía las llaves de su piso. Aún siendo la única opción, Joaquín estaba seguro de que la anciana señora María, a la que saludaba educadamente cada mañana, no era la persona que, en aquellos momentos, dormía en su cama.


A pesar del terror que le inspiraba, había algo en el bulto que respiraba bajo sus mantas que le resultaba extrañamente familiar. Poco a poco se fue acercando a su propia cama. El extraño se había dormido con las mantas sobre la cara, tal vez para protegerse de la claridad. Joaquín acercó la mano lentamente a la manta. Tiró bruscamente de ella y descubrió el rostro del desconocido.


Rápidamente apartó la mano de la manta como si quemase. Joaquín Romero, de 24 años, con todo el cuerpo agarrotado y la mano derecha sobre el pecho vomitó violéntame sobre el suelo. Jadeando, permaneció por unos instantes con la mirada clavada en el charco translúcido de líquido parduzco.


El desconocido era él mismo.

domingo, 16 de enero de 2011

Escala de grises


Sentada sobre la línea que divide la dicotomía de cualquier decisión.

Temblando en negro, soñando en blanco.

No me pidas respuestas, mejor aún ni siquiera me pidas preguntas, es decir, que formalice todo en términos de claro oscuro. Admito una cierta escala de grises pero me niego a definirla como se niega el artista a destripar su obra con el bisturí de la lógica.


Las palabras se muestran hoy especialmente esquivas, especialmente pulidas, sin vértices a los que agarrarse. La potencia de las grandes sentencias es el polvo que se barre y se camufla debajo de las alfombras. Es una victoria ficticia. Lo único que hay es la suciedad, la alfombra, la escoba, la habitación, yo.


Mi soledad tiene los ojos hundidos, los cabellos débiles y la sonrisa muerta.

Me da un abrazo frío que no llena ningún espacio, no calma ninguna herida.

Me mantengo.

Respiro.

Sonrío.

Hay luz.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Nieve


"¡No te lo pierdas!", gritaba Ángela con sus guantes de colores brillantes- La nieve está brillante y pura, no se ve todos los días.

Joan extasiado a cada paso solo decía como un mantra de sonrisa de hielo: “cruje” y a cada paso un escalofrío brillante le golpeaba en la cara.

Que maravilla sentir la nieve crujir.

"Que maravilla", dijo Ángela casi sin aliento.

martes, 8 de junio de 2010



Observo.
Soy ese espectador inmóvil sentado en la última fila del teatro

Desaparezco.
Me fundo con el vacío que envuelve a los actores.

Me abstraigo.

Me pierdo.

Soy un torpe suspiro
que lanza botellas al mar
llenas de hojas en blanco

Desde mi isla desierta, sentada sobre el silencio, pienso sin respuesta:
¿Qué decir a aquellos que me han dado todo lo que tengo?

Lo único que sé
es que en el silencio también se quiere
aunque no se ve.

jueves, 29 de abril de 2010

Desidia

Me dormí. La inercia del sueño me absorbió profundamente cubriéndome de una película impermeable. Sentía resbalar las gotas del tiempo sobre mi cuerpo. Corrían ágiles, limpias, sin tocarme, sin ensuciarme con su ritmo gris. El mío era blanco, inconsciente, vacío, intemporal.

Al despertar sentí mis propios latidos demasiado violentos, como ajenos a mi ser inactivo. Los sentía en todo mi cuerpo, golpeando mis venas en impactos secos y duros, como si éstas fuesen puertas. Latidos desbocados como la respiración del naufrago que, a punto ya de ahogarse, consigue asomar la cabeza por encima del mar embravecido.

Así, desesperadamente llamaba el instinto vital a mi puerta, despertándome sobresaltadamente. Aquel sueño profundo había hecho saltar la alarma más primaria de mi cuerpo, dejando en mi mente una turbadora sospecha difícil de aceptar.

Había estado a punto de dejarme morir. De abandonarme a la desidia y ahogarme en sus aguas.

martes, 13 de abril de 2010

Soy a través de lo que creo ser

Me reconstruyo en los espejos que imagino en vuestros ojos

Las apariencias de mi yo se abrazan, se diluyen, se rechazan y se pierden,
por calles delgadas y amargas.

¿Hay algo más?
¿Algo que respire entre ellas sosteniéndolas?
¿Una esencia en forma de aliento?
¿Algo que las una, que las subyazca y les dé sentido?

Una a una me desprendo de mis apariencias,
Son finas y débiles sábanas de humo;
Encuentro un vacío desnudo,
una nada atragantada,
un silencioso vértigo,
una palabra muda,
una trágica contradicción.

Tal vez ellas fueran todo.
Tal vez el yo ha desaparecido,
quizás nunca existió.