martes, 30 de junio de 2015
Vulnerable a los vértices
jueves, 2 de abril de 2015
Nudo blanco
domingo, 10 de agosto de 2014
El indiferente
miércoles, 23 de octubre de 2013
Romper
sábado, 5 de enero de 2013
Allí, en el nido
sábado, 11 de agosto de 2012
La inercia, el silencio y los muertos que escriben
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| "Manos dibujando", M.C. Escher |
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lunes, 28 de mayo de 2012
Crisálida
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| Foto: Sasanba |
Mis manos reviven recuerdos de cuerpos,
lunes, 16 de abril de 2012
Sinrazón
sábado, 24 de marzo de 2012
Tigres con las uñas gastadas

Calan profundamente sus garras en la arena. Esto provoca una lenta y constante erosión. Las zarpas de estos fieros animales quedan entonces inútiles para la batalla, y lejos de desgarrar, se deslizan suavemente por el pelaje de sus congéneres en forma de una suave caricia.
Este tipo de pacto ritual, propio de este tipo de tigres, tiene lugar raramente y constituye un espectáculo digno de ver. Comienzan buscando el territorio conveniente; La manada recorre la costa durante horas hasta encontrar la playa adecuada para el rito: Ha de ser extensa, tranquila y de aguas plateadas. Sin embargo, lo primordial del territorio es la arena. Los sensibles hocicos de estos animales de gran cabeza escarban sin descanso buscando la arena propicia: ni demasiado gruesa ni muy fina, ni demasiado seca ni empapada, ni demasiado silícea ni excesivamente caliza.
Una vez que ha escogido el lugar, la manada se reúne y el rito comienza. Diríase que se trata de una especie de tregua. Los fieros animales se quedan indefensos con las uñas limadas. Pero si cabe lo más sobrecogedor es lo que sucede a continuación: Unos con otros frotan sus cabezas contra los lomos y los lomos contra las cabezas y por un instante parecen gatos gigantes y mimosos. Se lamen las pequeñas y pardas orejas e incluso se acarician torpemente con las pesadas zarpas.
Foto: Francisco Armada
(Fuente: http://www.panoramio.com/photo/22382610)
domingo, 13 de noviembre de 2011
Sangre entre las hojas

El caminante se interna en el bosque. Avanza entre la espesura de los árboles. Huele a tierra, a musgo y a hojas mojadas. El caminante se detiene y mira el suelo. Un líquido rojo, caliente, se escurre entre las hojas, moja las suelas de sus zapatos. A escasos metros, tendido, yace un cuerpo de ciervo sin vida. A su alrededor el bosque calla, inundado en su silencio. Un silencio cubierto de diminutos crujidos, del susurro del viento, del sonido de pájaros cuyo canto llega diluido por la distancia.
-¡Qué curioso espectáculo!- exclama el caminante mirándote a los ojos- en esta tierra de nadie, incluso la muerte es bella. Este joven animal herido… ¡parece que aún fuese a respirar! Sin embargo, la brisa es ligera, carente de drama. Sus ojos negros y resbaladizos serán dulcemente absorbidos por la tierra. El tiempo que reina aquí es bien diferente al que he observado en las ciudades.
Los árboles no saben de tristeza.
Sobre sus troncos podridos,
crecen tiernos brotes.
domingo, 2 de octubre de 2011
Ciutadella nocturna
Era de noche y ella se sentó a escuchar en el banco de un parque. Sóla. Como un ave nocturna. Sus oídos eran el manto de arena que cubría el suelo. El crujido rítmico de las pisadas de los corredores le daba paz. Crujidos que se mezclaban con otros más irregulares: a veces intensos y arrastrados, a veces cortos y violentos. Dibujaban en su cabeza ideogramas fugaces, informes.
Las farolas desnudas de sombra dibujaban un halo amarillento en la arena. Todas en fila, sin moverse.
Mientras, los árboles se miraban las flores sin decir nada, conforme a su naturaleza de vida inmóvil.
jueves, 29 de septiembre de 2011
Una mano sobre el agua

Se veía a sí mismo sentado con ellos. Estaban sentados en círculo, unidos por un reconfortante magnetismo de grupo. ¡Cuanto le alegraba que hubieran venido todos puntuales y dispuestos! Su voz había conseguido transmitirles la importancia de aquel acto. La arena del parque estaba fría, pues ya eran más de las ocho, pero la euforia le convertía en impermeable al frío. Levantó la cabeza y abrió levemente la boca, a punto de empezar a hablar, lentamente, cómo si fueran a salir de sus pulmones las notas más graves. Palabras que, más que palabras fueran los frutos de la vibración más profunda de la tierra.
No obstante: se detuvo.
Ningún sonido, ninguna palabra.
Miró a su alrededor: No había nadie. Nunca había habido nadie.
Nadie había llegado ni se había sentado con él siguiendo ninguna forma circular. Él siempre había estado sólo. Sus palabras no habían suscitado ningún tipo de magnetismo en ellos, ni tan siquiera habían vuelto la cabeza para prestarle atención. Tal vez debido a su carácter débil y tembloroso, tal vez porque nunca había llegado a decir nada.
De hecho: no había dicho nada.
Había hecho el ademán, igual que hace unos momentos, sin llegar a decir nada. Cierto es que había pensado en hacerlo, en cada palabra exacta que utilizaría. Había imaginado cómo todos reaccionarían impresionados, transformándose de pronto en personajes misteriosos, enigmáticos, capaces de aparecer silenciosamente, en el momento justo, sobre la arena fría.
Cierto es que lo había pensado, pero en el momento justo de llevarlo a cabo se había detenido, como quien detiene la mano sobre la superficie del lago. A punto de rozar el agua pero sin mojarse. Sin humedecer si quiera las puntas de los dedos.
viernes, 20 de mayo de 2011
La danza blanca y el cielo negro

Observaba, con los dientes afilados y ávidos, la nocturnidad de la calle: El silencio, la luz blanca de las farolas y el dibujo rugoso de los árboles deformes. La intimidad que se filtraba por las ventanas de los edificios, desbordaba su calidez hasta tocar con mi cuerpo que era, por esas horas, nada más que un frío espectro.
Hervía la sangre mis ojos de insecto. Yo era un extraño ser de piel dura, impermeable a la condensación de los espejos de los baños, al irritante y preciso timbre de los despertadores, al ritmo de las conversaciones banales o a la melodía de cualquier acto cotidiano. La calidez de lo que sucedía allí arriba hacía aún más sórdido el espectáculo que estaba a punto de comenzar abajo.
Trigo me miraba con sus ojos opacos y negros sentado sobre la acera. Interrumpiendo el habitual camino de vuelta a casa, lo había atado a una farola y me había quedado a su lado de pié, inmóvil. Al principio había arrugado varias veces el dorado pelo de encima de los ojos en señal de desconcierto, pero este gesto pronto se había disuelto en un lánguido bostezo. Curiosas almas las de los perros, pensé. Mientras Trigo, probablemente no pensaba nada.
La densidad metálica de aquel instante no pesaba sobre su mirada hueca. Sin embargo, ahora había avanzado lentamente dos pasos hacia la carretera, y la euforia me recorría como una ducha de hilos fríos y afilados. Ahora me sentía como un imán hacia en cual apuntaban todas las cosas, e incluso Trigo me observaba fijamente.
Desaté el placer anudado en los cordones de mis zapatillas de deporte, que cayeron blandamente. Después arrojé con ímpetu los tenis hacia atrás y contagiándome de esa energía me desprendí también de los calcetines.
Mis pies desnudos se me hacían extraños. Delicados fantasmas, sensibles y blancos sobre el asfalto oscuro y grasiento. La carretera se extendía bajo mis pies, como una gran masa negra recalentada, barnizada por la humedad de la brisa nocturna.
Mis pasos se deleitaban por el terreno peligroso, cada vez más rápidos pero sin perder el tono, sin perder un milímetro de la atención en cada uno. Era mi danza blanca en la noche, a cada paso mis pies besaban el turbio suelo, manchándose de la amalgama pringosa de mugre, aceite de coche y petróleo derretido. Empapándose de la ciudad misma,
Mi blanco cuerpo se desfiguraba en aquel sórdido baile agitando mi espíritu como luchando por romper la negra piedra que pesaba dentro. Los golpes de la piedra en mi pálido cuerpo y la imagen de Trigo, con su ingenua alma animal, alzando su cabeza sobre la ciudad inerte, me hicieron sentir por un momento, el equilibrio de todas las cosas.
sábado, 16 de abril de 2011
Blanco, suave, febril, crudo...
domingo, 27 de marzo de 2011
El desconocido
Joaquín vivía sólo y, aparte de él, sólo la portera tenía las llaves de su piso. Aún siendo la única opción, Joaquín estaba seguro de que la anciana señora María, a la que saludaba educadamente cada mañana, no era la persona que, en aquellos momentos, dormía en su cama.
A pesar del terror que le inspiraba, había algo en el bulto que respiraba bajo sus mantas que le resultaba extrañamente familiar. Poco a poco se fue acercando a su propia cama. El extraño se había dormido con las mantas sobre la cara, tal vez para protegerse de la claridad. Joaquín acercó la mano lentamente a la manta. Tiró bruscamente de ella y descubrió el rostro del desconocido.
Rápidamente apartó la mano de la manta como si quemase. Joaquín Romero, de 24 años, con todo el cuerpo agarrotado y la mano derecha sobre el pecho vomitó violéntame sobre el suelo. Jadeando, permaneció por unos instantes con la mirada clavada en el charco translúcido de líquido parduzco.
El desconocido era él mismo.
domingo, 16 de enero de 2011
Escala de grises

Las palabras se muestran hoy especialmente esquivas, especialmente pulidas, sin vértices a los que agarrarse. La potencia de las grandes sentencias es el polvo que se barre y se camufla debajo de las alfombras. Es una victoria ficticia. Lo único que hay es la suciedad, la alfombra, la escoba, la habitación, yo.
Mi soledad tiene los ojos hundidos, los cabellos débiles y la sonrisa muerta.
domingo, 28 de noviembre de 2010
Nieve

"¡No te lo pierdas!", gritaba Ángela con sus guantes de colores brillantes- La nieve está brillante y pura, no se ve todos los días.
Joan extasiado a cada paso solo decía como un mantra de sonrisa de hielo: “cruje” y a cada paso un escalofrío brillante le golpeaba en la cara.
Que maravilla sentir la nieve crujir.
"Que maravilla", dijo Ángela casi sin aliento.
martes, 8 de junio de 2010

Observo.
Soy ese espectador inmóvil sentado en la última fila del teatro
Desaparezco.
Me fundo con el vacío que envuelve a los actores.
Me abstraigo.
Me pierdo.
Soy un torpe suspiro
que lanza botellas al mar
llenas de hojas en blanco
Desde mi isla desierta, sentada sobre el silencio, pienso sin respuesta:
¿Qué decir a aquellos que me han dado todo lo que tengo?
Lo único que sé
es que en el silencio también se quiere
aunque no se ve.
jueves, 29 de abril de 2010
Desidia
Al despertar sentí mis propios latidos demasiado violentos, como ajenos a mi ser inactivo. Los sentía en todo mi cuerpo, golpeando mis venas en impactos secos y duros, como si éstas fuesen puertas. Latidos desbocados como la respiración del naufrago que, a punto ya de ahogarse, consigue asomar la cabeza por encima del mar embravecido.
Así, desesperadamente llamaba el instinto vital a mi puerta, despertándome sobresaltadamente. Aquel sueño profundo había hecho saltar la alarma más primaria de mi cuerpo, dejando en mi mente una turbadora sospecha difícil de aceptar.
Había estado a punto de dejarme morir. De abandonarme a la desidia y ahogarme en sus aguas.
martes, 13 de abril de 2010
Soy a través de lo que creo ser
Las apariencias de mi yo se abrazan, se diluyen, se rechazan y se pierden,
por calles delgadas y amargas.
¿Hay algo más?
¿Algo que respire entre ellas sosteniéndolas?
¿Una esencia en forma de aliento?
¿Algo que las una, que las subyazca y les dé sentido?
Una a una me desprendo de mis apariencias,
Son finas y débiles sábanas de humo;
Encuentro un vacío desnudo,
una nada atragantada,
un silencioso vértigo,
una palabra muda,
una trágica contradicción.
Tal vez ellas fueran todo.
Tal vez el yo ha desaparecido,
quizás nunca existió.






